Ya estoy en Omán. Ahora, ¿dónde está Simbad?

///Ya estoy en Omán. Ahora, ¿dónde está Simbad?

Ya estoy en Omán. Ahora, ¿dónde está Simbad?

Por causas que aún no me explico, un verano extraño, a la desesperada, aterricé en Dubai. Pero esta es otra historia. La que ahora quiero relatar comienza con un autobús que me llevó desde esta ciudad emiratí hasta Mascate, la capital de Omán.

Atravesando el desierto, una noche me planté en la capital de uno de los pocos sultanatos que hay en el mundo. Quería ir tras las huellas de Simbad el marino.

¿No es, acaso, Simbad el marino? © Mónica Hernández

Este país árabe y petrolero ocupa el extremo sudeste de la península arábiga, padece más de cincuenta grados centígrados en verano y presume de que desde alguno de sus puertos inició sus viajes tan ilustre marinero.

La corniche de Mascate © Mónica Hernández

Una vez aterrizada y ubicada en Mascate, la capital del sultanato, paseando por la Corniche, el paseo marítimo, y tras visitar una impresionante lonja con pescadores vestidos a lo “Mil y una noches”, dos niñas vestidas con chador negro hasta los pies me miraban fijamente y empezaron a seguirme. No tendrían más de doce años.

Salma y su hermana me seguían en mi paseo © Mónica Hernández

Pensé que les daba vergüenza acercarse a mí, parecían tímidas, quizá no hablaban inglés… así que me giré ciento ochenta grados y les espeté una de las tres o cuatro palabras que, entonces, conocía del árabe:
-Ahlan (hola), Salam al ai Kum (la paz sea con vosotras)
-A lai Kum es Salam (la paz sea contigo también), me respondieron extrañadas.
-Ismi Mónica (me llamo Mónica)
Abrieron hasta no poder más sus ojos negros y, evidentemente, me respondieron en árabe pero ya no supe seguir. Les dije en inglés que ya había agotado todo mi vocabulario y que si querían saber algo de mí, tendría que ser en inglés o en español, ya que yo era de España.

Lonja de Mascate © Mónica Hernández

Querían practicar inglés y yo era una de las poquísimas personas occidentales que iban a Omán fuera de circuitos organizados así que lo primero que me preguntaron era dónde estaba España.

Respondí que en Europa, qué iba a decir.

Eran hermanas. Estaban paseando y me dijeron que si les esperaba allí en la Corniche un momento, correrían a preguntarle a su madre, que vivía allí al lado, si podría ir a comer a su casa.

Salieron de estampida.

En unos minutos nos estábamos encaminando las tres a una casa encalada de tres plantas donde nos aguardaban su madre y su hermano.
-Mi madre te invita a comer.
Salam alai kum. Me recibía una mujer con la cabeza tapada con un pañuelo mientras sus hijas procedían a quitarse el chador y a descubrir unas largas melenas negras. Intenté agradecerles la cortesía en inglés. El hermano pequeño me miraba como si hubiera entrado en la casa una extraterrestre. Debía de ser el primer contacto que tenían con algún extranjero. Comunicación cero. Mis inquietudes por Simbad, the sailor, tendrían que esperar.

Los hermanos © Mónica Hernández

Salma, una de las niñas, que intentaba hacernos de intérprete, tomándome del brazo me subió al piso de arriba. Me introdujo en una habitación que debía ser la suya. Había una cama, estanterías, libros, además de cierto desorden. Ni siquiera era una sala de invitados. Me indicó que me sentara en el suelo y esperara.

Y allí me quedé un buen rato hasta que el hermano pequeño me subió una bebida en una bandeja y me volvió a hacer señas de que esperara.

Yo no entendía nada. ¿No me estaban invitando a comer?, ¿qué estaba pasando? ¿Por qué me dejaban allí sola?

Omán tenía bastante aperturismo con los extranjeros. Había libre circulación por todo el país. Otra cosa era el modo de hacerla. Aunque las carreteras eran estupendas, me habían contado que el sultán Qaboos había creado grandes infraestructuras gracias a las ventas de petróleo, el transporte público dejaba mucho que desear. Solían ser buses compartidos que no salían hasta que no se llenaban. Y las paradas eran infinitas. O eso o taxis privados que no eran, precisamente, baratos.

El sultán Qaboos tenía unos setenta años y llevaba más de cuarenta en el poder. Por todas partes había fotos suyas. Era el mandatario indiscutible. Tenía poder absoluto. Ejercía cargos de Primer Ministro, ministro de Asuntos Exteriores, ministro de Defensa y ministro de Finanzas. Por lo que yo tenía entendido, su vida privada era un misterio. Nadie sabía si tenía heredero y era tabú preguntarlo.

Cuántas ganas de saber cosas de ese país…

Diez minutos después yo no entendía si me estaban secuestrando, si esta familia estaba llamando a toda la ciudad para que viniera a ver a la extranjera comiendo y me tiraran cacahuetes o qué estaba ocurriendo, así que bajé.

Mi madre cocinará para ti © Mónica Hernández

La madre cocinaba pescado en salsa sentada en el suelo de la cocina rodeada de platos con ingredientes. Todos esparcidos por el suelo. Ella, cocinando con las manos. Descalza. Los tres hijos viendo la tele en la salita de al lado. Cada uno a lo suyo. Comprendí entonces que me habían reservado la habitación de arriba para comer sola porque era su invitada de honor y a lo que yo debía esperar era a que la madre terminara de cocinar. Pero claramente no comeríamos todos juntos entablando una animada conversación. Ni hablando de Simbad ni de nada.

Les hice algunas fotos y volví a subir.

A los pocos minutos llamó a mi puerta el hijo pequeño. Me había dejado una bandeja en el suelo con el mejor pescado en salsa con arroz que he probado en mi vida. Zumo de naranja para beber. Y desapareció.

Cuando terminé de comer con la mano, ya que no me habían subido cubiertos por su costumbre de comer con la mano derecha, bajé y me despedí agradeciéndoles su hospitalidad hasta el delirio. Insistieron en que me quedara, en que regresara por la tarde. Salma no cesaba de decirme stay, stay… pero no entendía yo muy bien por qué. Y para qué.

Llévame contigo © Mónica Hernández

Me hubiera encantado haberles preguntado mil y una cosas, haber establecido encendidos debates sobre vivir en democracia o bajo las órdenes del Sultán Qaboos, haber indagado en sus costumbres, profundizado en los privados universos de mujer islámica… me hubiera gustado saber dónde estaba su padre y en qué trabajaba. Pero al no existir comunicación posible, preferí marcharme. Pensé en la importancia del inglés para la apertura de estos países y la comunicación. Pero enseguida me venció el pensamiento contrario. Quien debía hablar árabe era yo, que era la extranjera y visitante. Y quién era yo para decidir su grado de aperturismo. Quiénes somos los turistas o viajeros para influir en las costumbres de un país pensando inconscientemente que están más atrasados que nosotros. Quiénes somos y quién nos da ese derecho.

Pescadores a las puertas de la lonja © Mónica Hernández

Y así pensaba cuando llegué a la estación de buses más cercana. Un chaval a las puertas de una furgoneta gritaba repetidamente el que en ese momento decidí que sería mi próximo destino: Nizwa, la antigua capital del sultanato. Había plazas libres. Me subí. Ni carteles ni taquillas. Omán empezaba a parecerme apasionantemente indescifrable.

Mónica Hernández

By | 2018-03-28T10:26:17+00:00 julio 6th, 2012|Blog, Viajar sola con FOW a|7 Comments