La danza de los planetas en Estambul. Derviches y sufismo

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La danza de los planetas en Estambul. Derviches y sufismo

Allá donde termina el Mediterráneo, erigiéndose como bisagra entre Asia y Europa, Estambul nos embriaga de colores y olores, en sus mercados, en sus caóticas calles, mezquitas, iglesias. Un mosaico de culturas que conviven y nos hace creer en que es posible el respeto entre personas diferentes.

Entre esas culturas que permearon Turquía, están los Mevleví o Derviches giradores. Los bailarines giran en torno a ellos, con los brazos extendidos, lo que simboliza la ascendencia a la verdad por medio de la trascendencia del ego. Mediante el vértigo se llega a un éxtasis ascético, abandonando el cuerpo. Esta manifestación refleja la armonía del cosmos, el movimiento de los planetas y el orden del universo.

Aunque hay constancia de esta ceremonia en el s. XIII de nuestra era, cuando los surfís, cofradía religiosa musulmana, se desconoce su origen. Muchas sectas religiosas hindús exploraban, antes de nuestra era, formas de meditación por medio de la respiración, la danza o el cuerpo. Probablemente esta práctica se inscribe en esta tendencia.

Los hombres se envuelven en vestidos blancos; las mujeres de rojo. Ascienden al cielo retando la gravedad, conquistando la insoportable levedad del ser. No se tocan, por mucho que se muevan, nunca coinciden en las trayectorias, como los cuerpos celestes.

Las mujeres tienen un papel activo en esta ceremonia. De hecho, los sufís constituyen una de las secciones del Islam más aperturista, permitiéndoles realizar este ritual. En la ciudad de Konya, donde se encuentra la tumba de Mevlana Rumi, uno de los sabios sufís más respetados, que murió en esa ciudad en 1273, podemos contemplar en los templos a una suerte de sacerdotisas que se preparan para el trance. Sus rostros ensimismados y atravesados por cientos de culturas nos confrontan con la belleza de la historia.

Se levantan, ponen la palma de una mano hacia arriba y la otra hacia abajo, como si su cuerpo sirviese de puente entre lo terrenal y lo espiritual, y comienzan a rodar por el templo hasta que hallan ese trance que les hace dialogar con el cosmos.

Ellas se dejan apoderar por la ingravidez, perdiendo su condición femenina para conectarse con el cosmos

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