Revoluciones cotidianas en el desierto

La verdad es que nunca pude imaginar cómo un viaje podría llegar a cambiar tanto mi forma de pensar, algunas de mis actitudes y, sobre todo, mis expectativas de vida. Subida a el avión rumbo al Sáhara Occidental, estaba ávida de sentir el influjo de la hammada en todo mi ser. Y así fue, la verdad. Ilusa de mí, pensaba estar preparada para lo que pudiera encontrarme allí, a tenor de mi experiencia en viajes internacionales y en el desarrollo de proyectos de cooperación. Ilusa, esa es la palabra más idónea para describir que NADA en esta vida es comparable con la hammada, con ese desierto vasto e inexpugnable, donde vive desde hace 37 años el pueblo saharaui, condenado a subsistir en campamentos de refugiados instalados en territorio cedido por Argelia, convertido hoy en un Estado organizado en el exilio.

©Juantxu Rodríguez, 1983. Atardecer en el Sáhara.

Y, como decía, este viaje al Sáhara ha removido mis cimientos, ha pulsado mis sentimientos más profundos y me ha enseñado a ver la vida con una perspectiva distinta. No puedo explicar qué tiene el desierto, qué tienen estos campamentos, sus gentes, pero te atrapan el corazón y una parte de ti se queda con ellos cuando te vas. A ese inmenso cielo repleto de estrellas fugaces siempre se le pide el mismo deseo: volver.

El trayecto desde el aeropuerto de Tindouf hasta la entrada en los campamentos es una auténtica prueba de esfuerzo. De madrugada, sin ver realmente lo que te rodea, con vehículos policiales argelinos escoltando por delante y detrás la caravana, se llega al puesto de mando de entrada al campamento, donde se entrega la guarda y custodia del viajero a las autoridades saharauis. Ya estamos en territorio prestado, en el estado de la RASD en el exilio. Difícil contener la emoción, los nervios… Pero la oscuridad impera y de la jaima salen a recibirnos con los brazos abiertos en plena madrugada.

Y lo primero, un té. Como los saharauis tienen un sentido muy desarrollado de la identidad nacional, mantienen casi todas sus tradiciones a excepción de que ya no pueden ser nómadas, porque viven en campos de forma sedentaria. Quizá por esta razón, en los campamentos el ritual del té cumple la misma función hoy en día que tiempos atrás, cuando se preparaba en el desierto para mantener la hidratación, pasar el tiempo de soledad y compartir historias y noticias en el intercambio con otros transeúntes. Tres rondas de té: El primero, amargo como la vida; el segundo, suave como la muerte y el tercero, dulce como el amor. Y los saharauis se enorgullecen de sus habilidades para preparar el té, máxime si es para un invitado.

Es en ese preciso instante cuando se siente cómo la hammada extiende los brazos y comienza a entrelazar vínculos de armonía, paz y sosiego, entre el aroma que desprende el ritual de purificación realizado sólo con invitados con colonia y Tidik, granza de incienso puro.

Dumaha Mohamed Enbare, “la médica de los locos”

Nos resignamos a adaptar nuestra forma de vida al desierto. Los saharauis de alguna manera hemos vuelto a ser nómadas, aunque ahora nuestros caminos nos llevan por el mundo en lugar de por el desierto, siendo nuestra búsqueda la libertad, no el agua”, asegura Dumaja Mohamed Enbare, una mujer que vivió 13 años en Cuba, donde estudió Psicología. La separación de sus padres y hermanos fue dura, como lo es el hecho de tener a los abuelos en territorios ocupados y no conocerlos.

Trece años de separación e incomunicación con la familia es demasiado tiempo. Su regreso al campamento 27 de Febrero -hoy, Boujdour- fue todo un atropello. Corría el año 2000 y Dumaha consideró insalvable el choque cultural interno que sufría por haberse formado en el Caribe, con muchas limitaciones y pocos recursos, pero con una cultura diametralmente opuesta a la que se impone en una sociedad árabe de religión musulmana.

Por aquél entonces, las enfermedades psicológicas eran consideradas tabú en el Sáhara. “Me llamaban la médica de los locos”, asegura Dumaha, quien emprendió la difícil empresa de desarrollar casi puerta a puerta (jaima a jaima, más bien) campañas informativas sobre las enfermedades psicológicas y su diferencia con respecto a las psiquiátricas. “37 años en el exilio, repletos de sufrimiento y sacrificios, han convertido a la desesperación en uno de los mayores problemas de la población de los campamentos. La desesperación es una enfermedad y la sufren mucho más mujeres que hombres… Y más los mayores que los jóvenes, pues su paciencia se agota demasiado pronto y se van de aquí para buscar refugio en la diáspora”, comenta Dumaha.

Y su trabajo culminó por lograr convencer a la sociedad saharaui de la necesidad de buscar ayuda en un psicólogo, para suavizar los efectos del stress, la soledad, la pérdida paulatina de esperanza y la tristeza por esperar un final feliz que no acaba de llegar.

Hice frente al reto del abismo cultural existente entre Cuba y Sáhara, porque soy hija de mártir, porque debo servir a mi pueblo y poner a su disposición cuanto he aprendido”, asegura Dumaha, quien protagonizó el libro “Hijas de la arena”, de Ana Tortajada, publicado en 2002. En él se refleja parte de la lucha de Dumaha, que vive en los campamentos (hoy con sus 4 hijos) “hasta que pueda llevar a mi padre a descansar en su tierra natal”.

Hoy, el laborioso, tenaz y continuado trabajo de Dumaha ha tenido sus frutos y en cada wilaya -campamento- hay designado un psicólogo para atender las necesidades de la población y hacer frente a las lágrimas mudas que acongojan su bienestar diario y que, de no ser por este equipo humano, mantendrían los labios cerrados y las heridas almacenas en el fondo del alma.

Huelga decir que las mujeres han jugado un papel fundamental a lo largo de estos 37 años. Primero, en época de guerra, estaban allí solas, en mitad de la nada. Con la tela de sus melfas (vestimenta típica saharaui femenina) levantaron las jaimas donde cobijarse; hicieron vendas y apósitos para los heridos; mujeres 4×4 que trabajaban a destajo, igual haciendo bloques de adobe que atendiendo a los niños, embarazadas, parturientas, heridos de guerra, organizando la comida llegada en forma de ayuda humanitaria con un equitativo reparto, gestionando el tiempo y optimizando los recursos disponibles.

© Juantxu Rodríguez, 1983. Las mujeres saharauis, solas con los niños, se enfrentan al reto de seguir viviendo.

Ellas llevaron a cabo una auténtica “revolución cultural” en el exilio. Al llegar a los campamentos, el 90% de las mujeres eran analfabetas. Hoy, han logrado invertir las cifras y que sólo 10 de cada 100 mujeres no sepan leer en estos momentos. Es más, en el campamento de Smara (el más grande de todos), el 65% de las mujeres quieren aprender informática en la primera escuela existente, dirigida por una mujer, Maima Mahmud, porque consideran que es la única forma de comunicar al mundo su situación y su realidad. “Tiene que saber que anhelamos y soñamos con ver a nuestros hijos crecer en un país libre y soberano, así como que puedan jugar y disfrutar de sus preciosas playas atlánticas, que puedan conocer al resto de su familia, dividida hace demasiado tiempo”, asegura Maima Mahmud.

Una mañana, al entrar en la Asociación de Mujeres del campamento de Boujdour leí en una pared: “SIN MUJERES, LOS DERECHOS NO SON HUMANOS”. Esta frase me paró en seco y me hizo reflexionar. Me di cuenta de que su lucha política no está en absoluto reñida con su afán por lograr la equidad que el resto de las mujeres del mundo siguen reclamando.

Las mujeres saharauis han conseguido que sus reivindicaciones en materia de género se conviertan en una exigencia conjunta del pueblo y que vayan de la mano con la lucha por su libertad e independencia. Han sabido compaginar perfectamente la vida familiar y la laboral con la tradición y la modernidad. Y puedo asegurar que saben mejor que nadie conjugar los verbos amar, sufrir, luchar y resistir.

Hacen su revolución diariamente, desde su vida cotidiana en los campamentos, separadas de sus familias por un muro militar y de sus hijos porque salen a estudiar en universidades de Cuba, Argelia y España. Por eso, es difícil -por no decir imposible- encontrar una madre que reúna a todos los miembros de su familia en la misma jaima.

Y es por ello que la presencia de las mujeres en todos los estamentos de la sociedad saharaui no es testimonial, es activo. Las propias mujeres, hoy por hoy, declinan ocupar más cargos directivos y políticos de elección popular, para no sumar más cargas a las múltiples que ya tienen adquiridas en el trabajo logístico de cada día, tanto en la familia con el cuidado y la educación de los hijos, como en la formación propia y las responsabilidades comunitarias. Es por ello que la mujer saharaui goza de alta consideración en las sociedades árabes y musulmanas.

Modelo de optimización de recursos

Galia Mostafa Ahmed, jefa de la daira 27 de Febrero del campamento (wilaya) de Boujdour, es un buen ejemplo de la participación de la mujer en la organización administrativa de los campos. Cada uno se divide en dairas que, a su vez, se subdividen en barrios, compuestos cada uno por un número diferente de grupos. Al principio, parece un lío tremendo, pero es un esquema lógico y metódico de administración de los recursos que se suministran desde ACNUR (Programa de Naciones Unidas para los Refugiados), según el modelo creado y desarrollado por las mujeres saharauis desde 1975.

Como jefa de la Daira, Galia Mostafa Ahmed se ocupa de la distribución de los alimentos de forma equitativa al número de miembros de cada familia. Lo que hay, se reparte por igual, barrio a barrio. Ella, como todos los saharauis ocupa así su tiempo, sirviendo a la comunidad, esperando el día en que su sueño se haga realidad, “la independencia del Sáhara y volver a nuestra tierra”.

Mujeres saharauis. Capital humano de incalculable valor, por cuanto su fuerza y su espíritu luchador han hecho de ellas un activo inigualable para el mantenimiento de las costumbres heredadas, aun estando en tan precarias condiciones. Máxime ahora, que la juventud está desencantada, cansada de promesas incumplidas, viendo un futuro entre arena, polvo y piedras… Hartos de vivir en condiciones deplorables en medio de la nada.

Las mujeres deben enfrentarse a problemas añadidos. Según Buhobeini Yahía, Presidente de la Media Luna Roja Saharaui, “el 67% de las mujeres lactantes y el 73% de las embarazadas sufren anemia; el 35% padece diabetes e hipertensión y ahora, han de aprender formas nuevas de cocinar, a tenor de que hay un 6% de la población infantil celíaca”.

Los niños, siempre los grandes perjudicados en situaciones de conflicto, sufren mal nutrición crónica, debido a que basan su alimentación en la ingesta de lentejas, harina de trigo, soja, pasta y arroz. La carne (de camello o cabra) es un lujo y el escaso pescado al que acceden proviene de las conservas entregadas por la ayuda humanitaria gestionada por ACNUR.

Pero si uno se mezcla de verdad y se mimetiza con las costumbres saharauis, descubre cómo se pueden convertir 60 metros de tela en un hogar, sin muebles, porque no son necesarios, pero donde te sientes parte de una familia que te acoge con los brazos abiertos, porque la hospitalidad saharaui se basa en el respeto y la tolerancia. Y cantan cánticos de victorias y leyendas, empapados de sueños y esperanza, abrigados con el sonido del ulular femenino.

© Elisa Pavón, 2012. Mujer saharaui tradicional.

Cada saharaui es en sí misma una mujer de bandera. Elegir una es complicado. Todas tienen historia, todas son explosiones de generosidad y de valores adquiridos por extrapolar a las nuevas generaciones. Todas y cada una de ellas merecerían una de las estrella de su firmamento especial.

Y, quizá por su extrema sensibilidad, presento a Dikala Salma Nayem, quien atiende diariamente a una treintena de niños y niñas con enfermedades y patologías distintas, que constituyen sus necesidades educativas especiales. En el Centro de Educación Especial José Félix García Calleja del campamento de Boujdour, una jaima con separaciones hechas con telas, desde 2007, Dikala abre sus manos para recibir con ternura y pasión a los pequeños, una vez conseguidos los recursos para trasladar la escuela improvisada que ella había creado y desarrollado dos años atrás en su propia casa.

Dikala se siente muy orgullosa de ver cómo aquélla iniciativa particular se ha convertido hoy en un centro educativo que funciona con voluntarios, tanto en lo referente a la educación como para la cobertura de las otras necesidades, como la atención en las horas de juego, cocina, comedor y atención específica e individual a los menores. Ella asegura que “si pudiera pedir un deseo sería, sin duda, ver evolucionar esta escuela, porque lo más gratificante de mi vida es venir por las mañanas y ver cómo todo el mundo colabora desinteresadamente en ésta que es una gran y necesaria labor social comunitaria”.

Y esto es lo más impresionante. Nadie mira por sus propias necesidades en los campamentos, sino por las del pueblo, las de la comunidad. Todas las mujeres saharauis esperan que su situación como exiliadas no dure eternamente y viven con el objetivo y la labor de lograr mantener viva la esperanza de volver a su tierra algún día… Quizá por eso dicen que en el Sáhara todos los saharauis tienen la maleta hecha, por si llegara el día en que puedan regresar no tener que perder más tiempo…

Aziza Brahim, cantante saharaui que versiona las canciones del hassanyía al español, me da la pauta para concluir un viaje que me inspira multitud de planes y sueños por cumplir.

Hay sueños que atraviesan murallas,
hay susurros que dibujan las palabras
que mantienen viva la tierra saharaui

Inchallah… Ojalá.

Elisa Pavón