Lavinia Fontana, la pintora del Renacimiento italiano

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Lavinia Fontana, la pintora del Renacimiento italiano

Lavinia Fontana, la pintora del Renacimiento italiano

Supo captar la esencia de la clase alta italiana en una época tan exigente como el Renacimiento, llegando a convertirse en pintora de la corte del papa Clemente VIII.

 Lavinia Fontana, hija del pintor Próspero Fontana nació en 1552 en la ciudad de Bologna. Probablemente tanto la ciudad que la alumbró, como la familia en cuyo seno nació ayudaron a  conformar su carácter y personalidad. La ciudad italiana, abierta y liberal, admitía a mujeres en las aulas universitarias desde tres siglos antes de su nacimiento, y, el maestro Fontana se convirtió en el principal instructor de su hija durante sus primeros años, algo que, habitualmente, en aquella época, solo sucedía con los hijos varones.

Los primeros trabajos de Lavinia muestran claramente el influjo de su padre, pero, poco a poco, la joven artista comenzó a experimentar por su cuenta e influenciada por otros grandes maestros, como Antonio Allegri Correggio, Scipione Pulzone,

Guido Reni o Domenico Zampieri, hasta hallar su propio estilo, mucho más cercano a sus contemporáneos, los hermanos Carraci, enemigos del estilo manierista y al naturalismo de Caravaggio.

Lavinia fue primeramente conocida en su ciudad natal, donde sus detallados retratos de mujeres y familias de la alta clase boloñesa fueron muy apreciados. Desde allí daría el salto al resto de la península cuando sus clientes comenzaran a hacerse eco de la naturalidad de sus expresiones y su maestría en la representación de ropajes y joyas.

En 1577, a los 25 años de edad, Lavinia se casó con el pintor Gian Paolo Zappi, de origen noble, quien trabajaba en el estudio de su padre. Su marido supuso un gran apoyo en su carrera artística, ya que, algo inusual en la época, abandonó su propia carrera para ocuparse de las cuestiones hogareñas y el cuidado de sus once hijos, mientras era Lavinia quien mantenía a su familia con la pintura. Se cuenta que Paolo, pintor al fin y al cabo, también ayudaba también a pintar los fondos en las obras de su mujer.

Igualmente transgresor para la época fue el hecho de que Lavinia representara desnudos femeninos y masculinos en pinturas religiosas y mitológicas de grandes formatos, En el año 1589, la corte española le encargó una serie de pinturas sacras para la iglesia del Palacio Real español, un trabajo que incluía estudios de modelos desnudos. La obra, titulada “Familia Sagrada”, tuvo tanto éxito que motivó que contratasen a la artista en la iglesia de Santa Sabina en Roma, ciudad a la que se mudaría oficialmente en el año 1603, cuando fue elegida pintora oficial de la corte del papa Clemente VIII, bajo el patronazgo de la familia Buoncompagni.

Lavinia Fontana no fue especialmente innovadora, pero su trabajo fue muy significativo, tanto en cantidad como en calidad. Se la considera la artista más productiva anterior al año 1700 y, en al actualidad hay documentadas 135 obras suyas, de las cuales se conservan treinta y dos firmadas y fechadas. Algunas fueron atribuidas erróneamente durante mucho tiempo al pintor Guido Cagnacci.

Prueba de su éxito profesional fueron los distintos honores que, hasta su muerte, acaecida en 1614, se le rindieron en la Ciudad Eterna. Llegó a ser nombrada miembro de la Academia di San Lucca e, incluso, en el año 1611 se acuñó una medalla en su honor realizada por el escultor Felice Antonio Casoni, en la que aparece representada de perfil, por el verso, y frente a su caballete, en el anverso.

Quizá el retrato más conocido de Lavinia Fontana sea el de Antonietta Gonsalvus (1594-95), que se encuentra en el Musée du Chateau, en Blois. En él, trata con exquisita ternura la imagen de una niña completamente cubierta de pelo por padecer Hipertricosis Lanuginosa Congénita.

 

Destacados:

Su marido se dedicó al cuidado de la casa y los hijos para apoyar la carrera artística de Lavinia.

 Transgresor para la época, supuso que Lavinia, una mujer, copiase desnudos al natural para sus composiciones de arte sacro.

 

Escrito por: Emma Lira