///Las Mujeres del Té

Las Mujeres del Té

Que se había terminado la guerra, leí. Que tigres y leones habían firmado un alto el fuego. Que el histórico conflicto interno que, durante años, había sufrido la isla de Sri Lanka enfrentando al estado cingalés con la guerrilla separatista Tamil, había llegado a un momento de paz.

Y hasta allí me fui. Dispuesta a recorrer una isla con forma de lágrima. Sola. Sin más compañía que mi propia soledad. Un mes de octubre cualquiera, sin imaginarme, si quiera, lo que este desconocido microcosmos pseudoindio, me reservaba.

Un amanecer húmedo y lleno de cuervos, aterricé en Colombo, la capital de la isla. Y tomé taxi al legendario, mítico y colonial, hotel Galle Face.

Tras unos días de relax llegué a Kandy, más o menos el centro de la isla y punto de partida para ver el lugar que más me interesaba: las plantaciones de té.

No sabía muy bien cómo acceder a este lugar, ya que no quería alquilar un coche porque la conducción por la isla es ligeramente temeraria, por decirlo de una manera fina y había pensado en algún medio de transporte con chófer.

Pensé que una buena idea sería entrar en el lujoso hotel Queens, a ver si había una agencia de viajes y allí me podrían aconsejar. Y así hice y así fue. Un viejecito adorable me recibió en una desordenada pero limpia y mínima oficina dentro del hotel. Le expliqué cual era mi plan, visitar durante algunos días los campos de té y fotografiar y saber de las vidas de esas mujeres que, llevaban el peso de la economía familiar y que recogían de 15 a 30 kilos de té cada una al día.

El señor de la agencia llamó por teléfono a un amigo suyo propietario de un taxi y un tuk tuk y a la mañana siguiente me estaba recogiendo en mi hotel rumbo a Nwara Eliya, las cumbres del té, siempre dominadas por las lluvias y las nieblas donde en otro tiempo se asentaron los colonos ingleses.

Los arbustos del té llegaron a Sri Lanka en 1870, un año después de que una plaga diezmara los cafetales y, con ellos, la economía local de subsistencia. Ahora la isla es el mayor exportador de té del mundo y la famosa hoja verde cotiza en la bolsa de valores de Colombo. Fueron los británicos quienes sustituyeron el té por el café y quienes contrataron a inmigrantes tamiles de la India como mano de obra barata.

Subí a 1.800 metros, a la Pedro Tea State, una de las más famosas de Ceilán y allí estaban. Inmensos plantíos salpicados de puntitos blancos. Eran aquellas mujeres que llevaban una bolsa de rafia sujeta a la cabeza y a la que iban echando cuantas hojas cogían. El proceso de recogida del té, se hacía a mano. Sólo recogían las hojas más verdes, las más tiernas. Y así, sin parar durante 22 días al mes, ocho horas al día, por unos 2 euros diarios. En algunos informes había leído yo las duras condiciones de vida de estas mujeres que, con un pobre nivel de educación, malvivían en barracones sin condiciones higiénicas y sanitarias y recorrían kilómetros al día para trabajar y después estar al frente de sus familias.

El paisaje de Nwara Eliya era fascinante. Kilómetros y kilómetros de colinas verdes entre la niebla con los arbustos del té formando círculos o líneas rectas. Y siempre salpicados de cabecitas que no paraban de moverse.

Decidí adentrarme en esos campos y observar de cerca a esas mujeres. Tan sólo había un hombre, que me pareció el jefe. Era el único que no trabajaba y que se paseaba hablando con unas y otras con cara de no muchos amigos y, aunque mi presencia no le hizo mucha gracia, tampoco me impidió que acompañara a sus trabajadoras durante un rato.

Llegué a la cima de una colina y mis pisadas sorprendieron a tres ancianas en su rato de descanso. Alguna pelaba una fruta. Otra, tomaba té de un termo. No sé quién se asustó más, si ellas o yo. Qué diferentes eran los mundos a los que cada una pertenecíamos.

Cuando continuaron con sus labores me fijé en sus rostros y manos. Oscuros, llenos de arrugas, ajados por el sol. Por signos me explicaron que el siguiente paso era ir a la fábrica a llevar las cestas. Las seguí.

Iban vestidas con saris y chaquetas de colores. Mi presencia les extrañaba. No podíamos comunicarnos en ningún idioma ya que ellas no hablaban inglés pero me señalaban todas una tobillera de plata que yo llevaba puesta haciendo gestos de que les gustaba. Gracias a mi tobillera me hice popular entre ellas y pude acompañarlas durante toda una jornada.

Al llegar a la fábrica se arrodillaban para sacar de sus cestos respectivos las hojas recogidas durante todo el día bajo la atenta supervisión de un hombre. De ahí las hojas pasarían al proceso de secado, triturado y fermentado.

Si bien el grueso de la producción era de té negro, también había fábricas donde se vendía té verde. La Junta del Té de Sri Lanka comprueba cada envío que se exporta para garantizar la calidad del producto.

Si se quiere pernoctar en la zona, hay una antigua fábrica de té reconvertida en hotel, cuya habitación cuesta en torno a 90 euros. Está en la cima de una colina y desde sus ventanas se contemplan kilómetros y kilómetros de campos de té.

Yo decidí marcharme de nuevo a Nwara Elya para, al día siguiente, tomar el tren a Ella y seguir por la zona montañosa que tanto gustó a los colonos ingleses. Días más tarde, bajaría a las playas de Mirissa. Sri Lanka todavía tenía muchas sorpresas guardadas para mí.

Mónica Hernández

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By | 2018-03-28T10:38:13+00:00 octubre 13th, 2011|Blog, Viajar sola con FOW a|3 Comments