///La romántica Nantes de Julio Verne

La romántica Nantes de Julio Verne

Situada en la confluencia de los ríos Loira y Erdre, cerca de la costa del Atlántico  casi a la desembocadura del Loire, Nantes es la maravilla verde del oeste de Francia. Es la sexta ciudad más grande del país galo y tiene un área metropolitana que comprende a unos 600.000 habitantes. Sus detalles -permanentes, cuidados con mimo y aderezados con esa delicadeza francesa que inunda a cada palmo sus calles y rincones- invitan a adentrarse en una aventura incomparable para el descubrimiento de ésta que es la ciudad con más árboles por habitante de Europa.

La eterna ciudad que siempre mira hacia el estuario, vio nacer hace ahora 185 años a uno de los más grandes escritores de todos los tiempos, Julio Verne. Era el 8 de febrero de 1828, el mismo día que murió Goya. Nantes, como la vasta obra de su hijo predilecto, tiene la capacidad de hacer soñar a cualquier generación. Sus calles, celosos guardianes de secretos, ofrecen un singular recorrido hasta la casa natal del escritor y por otra más, la que le vio crecer, ampliando la ruta hasta un total de 9 enclaves que invitan a descubrir el Nantes de Julio Verne.

También es un disfrute visitar el museo dedicado a su memoria, así como la increíble Isla de las Máquinas, donde nos recibe un enorme elefante que se mueve por propulsión hidráulica, con una altura de 12 metros y 40 toneladas de peso, alberga en su interior terrazas con capacidad para transportar cómodamente a más de 20 personas. Y en la isla hay muchas más criaturas, construidas por la compañía de teatro de calle Royal Deluxe, que homenajea y enriquece muchos de los elementos que forman el universo onírico de Julio Verne. Así, con tantos guiños a quien fuera uno de los autores más visionarios del futuro sobre la civilización humana, los pasos de Julio Verne nunca se perderán en Nantes, ni el imaginario de sus miles de fantásticas historias.

2013 se presenta como un año importante para esta ciudad. Seguro. Se le concedió el premio Capital Verde Europea, por ser una ciudad ejemplar que demuestra el compromiso con el desarrollo urbano sostenible y el respeto al medio ambiente. Para obtener este galardón, las ciudades europeas candidatas deben cumplir varios requisitos establecidos por la Comisión Europea, aunque el examen se centra en la capacidad de la urbe para minimizar y reducir su impacto sobre el medio ambiente y mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Nantes tiene también el máximo galardón de “Ville Fleurie” (Ciudad florida), con 4 flores, equivalente a las estrellas Michelin aplicado a la decoración floral de las ciudades.

Siguiendo los pasos de Estocolmo, Hamburgo y Vitoria-Gasteiz, Nantes es la Capital Verde Europea 2013, como predecesora de Copenhague, que será su relevo el próximo año. Cumpliendo su propósito ambiental, ha desarrollado una política de transporte sostenible, priorizando la recuperada tradición del tranvía, aunque ahora ya todos son eléctricos, y los desplazamientos en bicicleta. Sin duda, un aliciente añadido que hace, si cabe, más atractivo un recorrido por sus calles y por los 250 km de espacios fluviales concebidos para el disfrute en armonía de los visitantes de la ciudad.

Pero no puede una ir a Nantes y no pasear por sus parques, increíbles exponentes de  vegetación de todas partes del mundo, debido a su carácter de ciudad de intercambio entre la marina mercante y el transporte fluvial. Tiempo atrás, Nantes era capital marítima, donde amarraban tripulaciones que traían con ellos a la vuelta de sus viajes semillas de otros mundos.

Por ello, me atrevo a sugerir como obligatorio perderse entre la melancolía y el romanticismo de tan enormes y variadas especies, donde los colores cálidos se comen a bocados todo lo feo, para convertir en bello cualquier pensamiento, cualquier imagen. Mi amigo Luc, autor de las fotografías a las que acompaño con este texto, siempre dice que estos parques están llenos de señales, de esas que te recuerdan que algo te espera, de esas que te susurran al oído una invitación a subir las escaleras al cielo.

Paseos en solitario, en grupo, como sea, siempre que el ánimo esté abierto a reencontrarse con la espectacularidad de los colores iluminados por rayos de sol, que se cuelan espabilados por la rendija que dejan las copas de los árboles. Reflejos que despiertan sensaciones, olores que acarician las emociones y sonidos que ahogan las tristezas. No sé cómo ni por qué, pero allí, en medio de la inmensidad, los sentimientos brotan a flor de piel. Ves tu rostro aparecer frente a ti como si fuera un espejo, pero allí es de agua clara, y te redescubres con vida, te renuevas, te llenas. Por la mañana, aún perduran las gotas del rocío en las hojas, en los bancos, en las mesas que aguardan visita. Y piensas y sueñas. De pronto, hasta te olvidas de que eres turista y pasas a ser tú frente a ti misma. Es momento del romanticismo, de las confidencias y de la reflexión. Momento tan necesario como saludable.

Si te sientas en un banco, la imaginación se dispara sola. La verdad, no me extraña que Julio Verne pudiera soñar despierto con lo que el futuro traería a nuestras vidas años después, porque sobrevuelan las ideas que en cualquier otro lugar podrían suponerse inalcanzables, inimaginables… Pero allí no, allí todo es mucho más normal y eso es lo bueno.

Nantes es una ciudad para descubrirla en toda su dimensión y vivirla en cada detalle, para perderse en sus incontables rincones, en sus múltiples contrastes entre la historia y la modernidad. Es una de las ciudades con mayor calidad de vida del país galo, según los propios franceses. Entre increíbles edificios señoriales y los múltiples canales que hicieron que antaño se conociera a esta ciudad como la Venecia del Oeste, sorprende encontrar en la zona más próxima a la isla manzanas enteras que se van hundiendo lentamente en el terreno arcilloso que caracteriza las construcciones en la confluencia de los ríos Loira y Erdre. Una más de tantas curiosidades de la ciudad.

Como puerta de La Bretaña acoge también una gran diversidad culinaria, que abarca desde la cocina tradicional bretona hasta la clásica francesa. La calidad de las materias primas de Nantes es una de las causas de que su cocina sea sencilla y exquisita. La sal bretona está presente tanto en los alimentos salados como en los dulces. De hecho, uno de sus elementos más característicos para los postres es el caramel au beurre salé, una especie de dulce de leche que resulta delicioso, si bien sorprende de primeras por esta mezcla de dulce y salado.

Tampoco se concibe la comida bretona sin su mantequilla, también salada, por supuesto.

La sidra es bebida típica y su Muscadet (del sur de Bretaña), un placer. Es un vino blanco y afrutado, que marida estupendamente con pescados y, sobre todo, crustáceos.

Acompáñalo con las galettes, una especie de crêpes típicas de la zona, con un tono mucho más oscuro debido se usa en su elaboración trigo negro sarraceno, en lugar de trigo blanco.

No lo olvides. Nantes te está esperando, para acariciar tus sentidos.

Elisa Pavón

By | 2018-03-28T10:19:46+00:00 enero 23rd, 2013|Blog, Viajar sola con FOW a|7 Comments