La mujer en la literatura japonesa

El libro “Memorias de una Geisha“, que contaba la historia de una niña convertida en geisha y todas las tradiciones relacionadas con esta figura, fue el pistoletazo de salida para interesarnos por el mundo femenino japonés en el que la mujer ha estado presente desde el medievo. Hoy en día, la caligrafía japonesa se está poniendo de moda y gracias a ella podemos ver esos movimientos estéticos y casi musicales, que hacían las mujeres cultivadas que practicaban este arte.

Paloma Fadón cuenta casualmente en uno de sus libros “Hay que tener en cuenta que la caligrafía en kana ha sido injustamente desatendida por la historia cuando fue precisamente la mujer del medievo japonés quien depositó su alma dejando en este arte la impronta de la sensibilidad artística de su corazón. Japón no puede ser concebido sin la mujer, así como la caligrafía tampoco puede ser concebida sin ella. La caligrafía más representativa de Japón tiene alma de mujer y sin alma no existiría la caligrafía. Japón no puede dejar de mirarse con ojos de mujer.

Al igual que la caligrafía, la literatura japonesa tiene nombre de mujer. El periodo Heian, fue la cumbre de escritoras como Sei Shonagon, la Dama Murasaki Shikibu o Sarashina. Ellas crearon lo que se llama el libro de almohada: un librito de secretos y confesiones que las damas de esta corte tenían bajo su cabecera y donde escribían unas líneas antes de dormir, en el silencio de la noche, en la soledad que toda mujer disfruta en su alcoba. Es una composición libre en la que se suceden listas de hechos deliciosos y desagradables, apreciaciones sobre personajes, notas sobre el paisaje y las estaciones, sobre los faustos de la corte, sobre ropa e intrigas amorosas, siempre breves, como pinceladas de tinta china sobre una tela de seda.

La novela de Genji es de alguna manera la obra más conocida de Oriente. Murasaki Shikibu Nikki escribió la novela psicológica más antigua de la literatura universal y la más importante de la literatura japonesa clásica. La autora vivió el esplendor de la familia Fujiwara en el poder y la decadencia de la era Heian, y de forma preexistencialista plasmó el vacío y falsedad de la sociedad aristocrática de su tiempo, la misma que alimentaba el sufrimiento de las mujeres de su época.

Su notable capacidad de observación la hizo reflejar con realismo todas las emociones propias del ser humano en un intento por redimir el alma femenina atrapada en las tradiciones machistas y patriarcales de la época Heian (784-1185 d.j.c), en que el Confucianismo y otras influencias alcanzaron su punto máximo. Este periodo es considerado como la cumbre de la corte imperial japonesa y es destacado por su arte, en especial la poesía y la literatura.

En el siglo XVII se crearon los poemas de mujeres. Den Sute-jo, poeta nacida en Japón en el año 1633, acabó creando un estilo propio común a las haijin de la época con haikus de exquisita belleza y armonía, como este llamado “Ah, qué caliente”

 

¡Ah, qué caliente
la piel de una mujer
la piel que esconde!

Los haikus eran un poema breve, generalmente formado por tres versos, de cinco, siete y cinco moras respectivamente; con una poética basada en el asombro que produce en el poeta la contemplación de la naturaleza. Maestras del Haiku hubo muchas pero las más notables fueron Sonome, Shushiki y Chiyo-Ni. Mientras que todas ellas pensaban en esa armonía y en expresar sus sentimientos a través de la escritura, los hombres que consideraban que la poesía era una actividad para mujeres, se dedicaban a la guerra y otros como Hokusai desarrollaban el arte erótico o Shunga a través de la pintura, para que los guerreros se diesen un homenaje en sus tiempos muertos.

Alice Fauveau