///La mejor noche de Moscú… no es ésta.

La mejor noche de Moscú… no es ésta.

Preparativos poco ortodoxos

Moscú. Esa ciudad monumental llena de historia de zares y revoluciones. Esa es la ciudad que todas las guías me piden a gritos que debo ver. Y yo me pregunto: en pleno noviembre, anocheciendo a las 4 de la tarde, nevando que está desde que he llegado, con colas interminables para ver cualquier cosa, indicaciones en cirílico… Qué necesidad tengo yo de sufrir. Con la de documentales güenos que hay grabados en verano, a todo color, con descripciones precisas leídas por voces aterciopeladas… Mejor me veo esos DVD o me alquilo El Acorazado Potemkin y aprendo historia igual, más calentita, con un Bloody Mary en casa.

Yo prefiero hacerme la moscovita. Hacer como que soy de aquí sin haber estado antes, a ver qué sale. ¿O es que todos los madrileños han visto el Prado? Pues yo igual, si me pierdo la Catedral de Cristo Salvador… chica, es que tenía cosas moscovitenses que atender. Así que me acredité como fotógrafa en un festival escogido convenientemente por sus fechas y su tema “Art November”, y aquí estoy.

Plaza Roja. San Basilio con turista.

Plaza Roja. San Basilio con turista.

Llegando al otro lado del telón

Aeroflot. Vuelo puntual. Doscientos hombres de negocios, alguna esposa y yo. Lo de la igualdad de género entre los altos ejecutivos no se estila, al menos en este vuelo. A la salida de la terminal mil rusos con carteles que ponen Microsoft, Coca-Cola, Sanofi… Nombres de multinacionales que me susurran al oído que la globalización ya está en todos los rincones del mundo. Cada empresario-oveja con su pareja y yo a buscar los taxis.

En Moscú pactas el precio del trayecto antes de salir. Lo pactado se respeta rigurosamente. Eso sí, te pactan lo que a ellos les parece oportuno. Porque ya llevo varios trayectos iguales con precios “pactados” disparatadamente irregulares. Qué le vas a hacer, ponerte farruca con un ruso de 2×2 que no habla ni papa de inglés, es una batalla perdida.

Anochece. Cero grados

En la guía y en las páginas Web que consulté… todo me indicaba con letra de imprenta que eran dos horas más tarde que en Móstoles. Pues mira, no. Son tres. Resulta que después de veinte años adaptándose al horario europeo, este año han decidido que no les reportaba ventajas y que se quedaban con el horario de verano.

En estos veinte años de aperturismo desde la disolución del bloque, Moscú es el cóctel de un pasado reciente de setenta años de comunismo mezclado y bien agitado con el nuevo capitalismo de derroche sin medida, ostentación y vida nocturna desenfrenada, con hielo y guinda.

Parada de metro Alecsandrosky.

Parada de metro Alecsandrosky.

Con el clásico “pues yo tengo allí un amigo”, quedo con dos chicas amigas de amigos. Me anticipan que me van a llevar a un restaurante de moda, a un cóctel-bar y luego a un night club. Mi mente saliva al imaginar el jugoso plan. Llego monísima y congelada al restaurante. Mi maleta consistía en forros polares, camisetas térmicas, calcetines de esquiar, marianos de lana y una camisita, por si surgía algún plan. Pues nada, la ca-mi-si-ta negra por lo menos conjuntaba bien con el morado de mi piel.

Cena cinco estrellas

Un par de horitas perdida por el metro y …voila! Le Sommelier. Restaurante de autor, comida creativa de temporada. Angelilka, su propietaria, es una amante del buen vino y tiene un complejo sistema de inertización de botellas que favorecen la conservación de los caldos para servirlos por copa y que no pierdan sus cualidades a pesar de haber abierto la botella. Único en Moscú. Para cada plato se sugiere un maridaje perfecto. De ese que ya solo existe entre alimentos y vinos.

Restaurante Le Sommelier-Pinot Noir, cocina de autor, especialidades en cocina rusa y caribeña.

Restaurante Le Sommelier-Pinot Noir, cocina de autor, especialidades en cocina rusa y caribeña.

Se me ocurre comentar que soy de familia bodeguera y me traen la amplísima carta de vinos en un iPad, 130 vinos que miro con interés por no decepcionar. Al terminar me preguntan qué opino de la selección cuidadosamente escogida por Natalia Berenda, sumiller y protagonista del nombre del restaurante. A lo que contesto angustiada que una cosa es que sea de familia de ilustres enólogos y otra que yo entienda de vinos, que confundí un tinto con un blanco en una cata ciega y que, desde entonces, pues me dejo aconsejar. Educadamente, se miran entre ellas sin mediar palabra ni cambiar el rictus y empezamos a hablar del chef, que es chileno y habla español.

Angelika Subbotina, mima su bodega con grandes nombres españoles como Els Escursons, DO Priorato, As Sortes DO Valedoras, o Pago La Garduña de Castilla- León.

Angelika Subbotina, mima su bodega con grandes nombres españoles como Els Escursons, DO Priorato, As Sortes DO Valedoras, o Pago La Garduña de Castilla- León.

Me agasajan maravillosamente con vinos de Sardón de Duero, Priorato, Rioja… Les digo que estos ya los bebo en casa, que me gustaría probar alguno ruso, de Crimea, he oído hablar mucho del Massandra y tengo curiosidad. Por su silencio, de nuevo, entiendo que es como si les hubiera pedido un calimocho en el hotel de Marqués de Riscal, y también cambiamos de tema. Así que sigo bebiendo vino de Cuenca en Moscú.

Alexander Argandeev, orgulloso, con su abadejo negro canadiense al horno con salsa de soja.

Alexander Argandeev, orgulloso, con su abadejo negro canadiense al horno con salsa de soja.

60 Lounge Bar. Andrew Udovitsa jefe de barra preparando un Tom and Cherry, coctel ganador del Russian Cocktail Cup 2010: 50ml ginebra, 15ml sirope de clavo, 15ml Brandy de cereza, 25ml zumo de limón, 20ml huevo que se decorará con merengue y cereza.

60 Lounge Bar. Andrew Udovitsa jefe de barra preparando un Tom and Cherry, coctel ganador del Russian Cocktail Cup 2010: 50ml ginebra, 15ml sirope de clavo, 15ml Brandy de cereza, 25ml zumo de limón, 20ml huevo que se decorará con merengue y cereza.

La españolita en la noche moscovita

Algo mareada tras haber probado diez vinos tocaba el “digestif”, que le llaman ellos a meterse alcohol de 40 grados sin conocimiento entre pecho y espalda después de cenar.

Destino “60”. Un lounge bar en el piso 62 del hotel Hyatt, en la City, abierto hace menos de un mes y en el que los moscovitas adictos a las tendencias y bien surtiditos de rublos, hacen cola para entrar. Un loft acristalado y con vistas a toda la ciudad, de altísima concentración en modelos y fashion victims. Yo, con mi camisita, me sentía como una homeless ahí dentro pero sonreía igual.

60 Lounge Bar. Coctel Colours of Paradise preparado por Denis Kryazhev, mixologist siberiano miembro del exclusivo Russian Cocktail Club. www.russiancocktailclub.com

60 Lounge Bar. Coctel Colours of Paradise preparado por Denis Kryazhev, mixologist siberiano miembro del exclusivo Russian Cocktail Club. www.russiancocktailclub.com

Por fin voy a probar el vodka en su cuna. Me lo traen en un vaso de chupito acompañado de una bandejita de plata con pepinillos en láminas. Me indican que me lo beba de un trago y luego me coma los pepinillos. Ante la perspectiva de la vomitona inminente si procedía con ese ritual, les pido que si puedo tomarlo con limón, que yo el palo seco y pepinillo no lo trabajo. De nuevo silencio pero me piden el dichoso limón. Me traen una jarra de millones de limones exprimidos que solo de olerla me lloran los ojos. Pido azúcar pero no me entienden. Ya no pido nada más y me bebo el vodka sin pestañear, con el limonero completo tratando de contener las lágrimas pensando en cuánto aprendo en estos viajes y que, la próxima vez, la palabra clave será “Schweppes”.

Fin de fiesta a lo Ricky Martin

Tras seis o siete vodkas ellas y yo un par, me llevan a un night club. Es miércoles y son las dos de la mañana. Esta ciudad es definitivamente sería para la vida nocturna. En el taxi mi imaginación sale volando y cuando se abra la puerta estaré en la nave espacial del City Space Bar o en el sótano de un pasaje de Teatralia, en el Tommy D Bar. Locales en la cresta de la noche de Moscú, una ciudad vanguardista que vibra las 24 horas del día con sus once millones de habitantes, considerada ya como una de las nuevas capitales del mundo del ocio.

Pues no. Con los ojos brillantes mis cicerones en la noche me anuncian orgullosas que me van a llevar a un sitio muy hispano. Entramos al Che Guevara. Con sombreros mejicanos por las paredes y un camarero encima de una mesa bailando Locomía con un menú. Mucho ruso fornido de los que hacen círculos con los puñitos al bailar. Incluso había ejemplares de esa especie en extinción: los que estiran el índice y pulgar, como si dispararan pistolitas. Todo al ritmo del “Papi Chulo” o “Mueve tu cucú”, esos grandes éxitos de los veranos noventeros en Benidorm.

60 Lounge Bar. Bombones rusos.

60 Lounge Bar. Bombones rusos.

Cuando se aproximó un caballero de jersey de lana con grecas de llamas y me preguntó “¿Estudias o trabajas?”, entendí que era el momento de partir. Seis de la mañana, qué gran hora para retirarse del frente ruso tras una noche moscovita llena de maravillosas imperfecciones que la hicieron perfecta.

Texto y fotos: Ana Palacios

By | 2018-03-28T10:35:11+00:00 noviembre 21st, 2011|Blog, Viajar sola con FOW a|10 Comments