La fotografía en femenino

Vivian Maier llevaba en su bolso, además de sus enseres personales, una cámara de foto, con la que se dirigía a su trabajo de niñera en el Chicago de los años 60 y 70. Mientras que otros dormían o leían el periódico, ella abría el obturador para que la placa fotosensible recogiera el más valioso trabajo documental urbano jamás hallado: desde la demolición de edificios históricos a las vidas invisibles de diferentes grupos étnicos e indigentes.

(Autorretrato de Vivian Maier, Chicago Enero 1956)

Documentó las dinámicas de la ciudad hasta los años 90. A pesar de haber trabajado cuidando niños, ancianos o limpiando casas, sus últimos años la abocaron a la más extrema pobreza. Sólo la ayuda de algunos muchachos a los que cuidó pudo sostenerla con el alquiler de un apartamento y alimentos. Tuvo que subastar un armario que contenía, sin saberlo ella, uno de los grandes tesoros fotográficos de la historia. John Maloof adquirió por un puñado de dólares lo que hoy es un tesoro incalculable. Falleció Vivian sin saber que esos trayectos al trabajo la habrían consagrado como una fotógrafa a la altura de Robert Capa o Henri Cartier-Bresson, que sí disfrutaron de la gloria del reconocimiento.

 

Maloof pensó que esos negativos provenían de un hombre; es más, Vivian nunca asumió que lo que ella hacía era arte o documental; desgraciadamente, el heteropatriarcado define los contornos convencionales de la obra artística, y si confiere un lugar a las mujeres, es por un ridículo sistema simbólico de cotas apelando a la sensibilidad de la mujer, como si hubiese un arte oficial racional y un arte sensible destinado a las mujeres.

Nos sorprendería conocer que el primer trabajo fotográfico como discurso fue de una mujer. Mientras que los hombres estaban preocupados por mejorar técnicamente los aparaos fotográficos, las mujeres, liberadas de ese yugo, se centraban en buscarle una utilidad al aparataje, más allá que demostrar la pericia técnica. Fue el caso de Anna Atkins, notable botánica y bióloga del s.XIX, que en 1843 publicó la primera obra fotográfica de la que se tiene constancia, en la que la autora usó la fotografía para ilustrar sus descubrimientos científicos en el terreno de la botánica.

La mirada femenina es capaz de darle otros ritmos, otras percepciones al mundo que nos rodea, sobre todo a través de la fotografía. En femenino, la imagen fotográfica tiene una belleza inusitada. Las mujeres impregnan esa temporalidad que nos permiten centrarnos en los detalles de los paisajes, en los matices de los rostros.

Es el caso del extraordinario trabajo fotográfico de la marroquí Leila Alaoui, que en su serie “Les Marocains” se sumerge en los rincones más recónditos de su país a la búsqueda de rostros.

Otra mirada femenina imprescindible es la de la cubana Lissette Solorzano. Su sensibilidad hace que las calles de La Habana cuenten historias, que hagan ruido. Su extraordinario trabajo titulado “El ferrocarril” nos monta en los trenes que unen La Habana con los barrios periféricos mientras que nos encontramos con gentes que suben y bajan, revelando una extraordinaria diversidad de situaciones.

Viajar con una fotógrafa es pararse ante cada paisaje, cada rincón de la ciudad, darle la vuelta, reparar en detalles invisibles y sumergirse en las calles al ritmo del obturador que se conecta con la palpitación de la sensibilidad femenina. Focus On Women propone dos experiencias maravillosas, viajar con dos fotógrafas de prestigio a Tánger y a Cuba y percibir la ciudad en femenino.