Las sagas islandesas ya lo insinuaban. ¿Y qué gana la tradición oral con mentir? Hoy parece medianamente probado que la isla nórdica, poblada desde el año 870 d. C. por gentes provenientes de Noruega e Irlanda protagonizó alguna que otra expedición a las tierras desconocidas más al Oeste. Incluso que volvieron. Y por lo que se ve, acompañados.

 Si piensas que los más de 300.000 habitantes de Islandia son absolutamente nórdicos, rubios y con los ojos azules, algo lógico dado el tradicional aislamiento de esta isla de poco más de 100.000 kilómetros cuadrados, quizá tengas que replantearte todo tu sistema de creencias, e incluir en ellos a una mujer amerindia, “madre” de al menos 80 personas vivas en la actualidad. Eso es al menos lo que han tenido que hacer un grupo de especialistas que se habían propuesto comprobar la realidad de las tradiciones orales sobre el poblamiento de Islandia mediante estudios genéticos.

El estudio, publicado en la revista American Journal of Physical Anthropology, en el que han participado investigadores españoles del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), de la Universidad de Islandia y de la biofarmacéutica de CODE Genetics, de Reikiavik, ha analizado miles de muestras de ADN mitocondrial de los habitantes de la isla para descubrir que sólo un 37 por ciento de la población actual tiene sus ancestros entre los escandinavos. El porcentaje restante se reparte entre escoceses e irlandeses —lo que, por cercanía, puede cuadrar—, pero lo que resultó de lo más extraño fue un único linaje mitocondrial, que pertenecía al grupo genético conocido como haplogrupo C1.

Los haplogrupos son utilizados para definir poblaciones genéticas. Los investigadores secuenciaron el genoma mitocondrial completo de 11 familias contemporáneas C1 a partir de cuatro líneas maternas diferentes, ya que el ADN mitocondrial, sólo se transmite de madre a hijo. Aunque hay muchos y variados haplogrupos en el mundo, éste en concreto, el C1, se encuentra geográficamente muy alejado de Islandia y de su zona de influencia, nada más y nada menos que en poblaciones de nativos americanos y grupos originarios del este de Asia, y más exactamente en el grupo que pobló el continente americano hace unos 30 mil años.

Las sagas vikingas, a caballo entre realidad y leyenda, pueden arrojar algo de luz sobre este misterio. En concreto, las de Vinlandia relatan los viajes de varios vikingos a unas tierras fértiles más allá de Islandia. Cuentan estas historias que Erik Thorvaldsson, más conocido como Erik el Rojo, huyendo de la justicia, decidió partir con su clan familiar en busca de unas tierras que, según aseguraban los más avezados marineros, se podían encontrar si se continuaba navegando hacia el oeste.

Era el final del siglo X, y en aquella época el planeta atravesaba lo que se conoce como la pequeña Era Cálida. Tal debió ser así que Erik el Rojo bautizó como Groenlandia, “tierra verde”, al primer lugar al que arribaron. Allí llegaron a fundar al menos dos poblaciones, pero irían aún más allá, literalmente hablando. Sería Leif Erikson, el hijo de El Rojo, quien descubriría que más al oeste todavía había más tierras, y mucho más fértiles que aquellas en las que vivían. Llamaron a este lugar pseudomítico precisamente Vinlandia e hicieron allí distintas expediciones, principalmente en busca de madera. Las sagas cuentan que llegaron incluso a construir casas, pero que la hostilidad de la población local, los skraelingar, “extranjeros”, les hizo abandonar la empresa. La arqueología ha refrendado los relatos de las sagas y ha comprobado que los vikingos llegaron a lo que hoy llamamos península de Labrador, en Canadá, donde quedan incluso evidencias físicas como en el caso del poblado vikingo de L’Anse aux Meadows, en Terranova, así pues, ¿es posible que este contacto con los nativos locales fuese, en realidad, un poco más estrecho de lo aparentemente necesario?

Los genetistas se valieron de una base de datos genética conocida como de CODE, que sigue las líneas maternas de 720 mil muestras incluyendo a todos los islandeses contemporáneos. Allí figuran la fecha de nacimiento y muerte, y el lugar donde habitó dentro de la isla cada uno de los islandeses desde 1650 hasta la fecha. Rastreando todas las líneas maternas de la muestra genética con la que contaban, los científicos llegaron a descubrir cuatro líneas diferentes que tenían el haplogrupo C1. Eso los llevó a cuatro mujeres nacidas en la misma zona, el sur de Islandia, muy cerca del glaciar Vatnajokull. Una de ellas nació en 1710, otras dos en 1720, y la última en 1710. Los científicos asumen que pudieron ser hermanas.

Como la muestra llega tan solo a 1650, no hay datos que permitan rastrear científicamente el origen de esos genes americanos, pero la base con la que trabajan los autores del estudio, es que la primera mujer del linaje C1 islandés era originaria de América. “La isla quedó prácticamente aislada desde el siglo X -relata el investigador Carles Lalueza-Fox- por lo que la hipótesis más factible es que estos genes correspondiesen a una mujer amerindia que fue llevada —voluntariamente o no— desde América por los vikingos cerca del año 1000”.

La respuesta está en la historia

La Saga de Erik El Rojo, relata que uno de los descendientes de Erik llegó a una región que los vikingos llamaron Markland, donde se toparon con una familia indígena, un hombre y su mujer con dos niños. Los adultos lograron escapar de los vikingos, pero los niños fueron capturados y llevados a Groenlandia, donde aprendieron la lengua de sus captores, y fueron incluso bautizados en el cristianismo, una religión que, por cierto, empezaba a ganar seguidores entre los nórdicos.

Las sagas no dan mucho más detalles pero todo hace pensar que esos hijos —uno de los cuales, al menos, sería mujer— pudieron regresar a Islandia con los que dejaban atrás una Groenlandia cada vez más fría. El único dato científico que avala esta hipótesis es que el linaje C1 descubierto en Islandia es más parecido al originario del noreste de Norteamérica que a los de otras regiones. O sea, de la zona del Labrador, donde los hijos de Erik el Rojo capturaron a esos niños indígenas. Más de mil años después, da vértigo pensar que parte de la población islandesa proviene de una mujer, cuyo continente de procedencia, tardaría aún cinco siglos en ser una realidad para Europa.

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Escrito por: Emma Lira