España y Portugal, entrañables vecinos que comparten historia y geografía, albergan conjuntamente un puñado de ríos, que nacen en tierras hispanas y terminan por morir en el Atlántico, como mirando a un nuevo mundo. Recorrer cualquiera de ellos supone un viaje en el espacio. Hacerlo con nuestro Duero, su Douro, es, también, un viaje en el tiempo.

 

Hay realidades que suenan más bonitas en otro idioma. O más reales, incluso. Oporto, la ciudad en la que el río se encuentra con el mar, es, en portugués, El Puerto; el río Douro sería en portugués el Río de Oro. En realidad parece que la etimología de este río compartido proviene de dur, una palabra de origen celtíbero que significa sencillamente agua, pero ese otro nombre portugués, douro, está provisto de significados míticos, de aguas plagadas de riquezas o del destello del sol sobre sus aguas, al llegar remansarse en el mar.

Y es que nuestro Duero, que también da nombre a sus riberas y con ellas a una denominación de origen vitivinícola, es en Portugal donde abandona la altura de su cauce —nace a unos 2000 metros de altura— y, desde los Arribes, se precipita, salvando el desnivel que le resta, hasta alcanzar el Océano. Quizá esta mayor pendiente, esta mayor velocidad de su cauce en este tramo, sea la que ha propiciado unos paisajes a los que ayuda el clima más templado del cercano Atlántico: una serie de colinas en distintos tonos de verde y unas laderas, en ocasiones vertiginosas que se aterrazan para albergar un paisaje que, aunque labrado por la mano del hombre, ya firma parte del patrimonio; un reguero infinito de viñas que han dado forma a unos pueblos y entidad a un vino conocido en todo el mundo.


El secreto mejor guardado

Hasta no hace tantos años, este paisaje de ensueño estaba reservado a los ojos de sus moradores y de los esporádicos intercambios comerciales transfronterizos que se hacían tierra adentro. La uva se recolectaba en el interior, se pisaba en el interior, remontaba el río en barcazas, se procesaba y envasaba en Oporto y salía desde allí al mundo como llevaba haciéndolo desde el siglo XVII, cuando las guerras entre Inglaterra y Francia provocaron la escasez de vino francés y los ingleses recurrieron a los vinos de la región de Oporto, modificando su fermentación mediante la adición de aguardiente, para que las barricas aguantaran las penosas condiciones de la travesía por mar abierto hasta Gran Bretaña. Oporto era entonces un reducto inglés de grandes bodegas y barcazas cargadas de barriles, y el río que se estrechaba hacia el interior era un mundo desconocido, rural, silvestre y vertical; poco más que un recóndito lugar de producción.

Quizá el Douro, su tramo navegable en el país vecino de más de 200 kilómetros, la belleza escarpada de sus arribes en la zona internacional fronteriza con España y sus sinuosos meandros perfilados de viñas y salpicados de miradores hayan sido uno de los secretos mejores guardados de Portugal hasta no hace tanto tiempo. Quizá aún lo sean. Quintas señoriales, bodegas que llevan en pie tres siglos, lagares donde pisar la uva, pueblos medievales que conservan oficios ancestrales y vistas de película conforman un paisaje de road movie en el que perderse en el espacio y en el tiempo y fundirse entre los colores que regale la estación en la que nos encontremos .

Entrando desde España encontraremos Miranda do Douro, una antigua ciudad fronteriza fortificada, ubicada al pie del precipicio sobre el cañón del río, que conserva un cierto aire medieval y hoy recibe a sus vecinos españoles, ofreciendo cruceros fluviales bajo las impresionantes paredes del cañón del Duero. Desde allí, nos adentraremos en la terra quente o tierra caliente, a través de su punto más emblemático, Vila Nova de Foz Côa y su impresionante despliegue de arte paleolítico. Y a apenas 65 kilómetros, encontraremos, Casal de Loivos, unos de los lugares con mejores vistas sobre de la zona de Alto Duero y su paisaje de viñas infinitas, tendiéndose en paralelo a las curvas del río.

Alojamiento en quintas centenarias

Pinhao está casi en el corazón del calle del Douro, y en uno de sus más bellos meandros. Su entorno está salpicado de bodegas e incluso la pequeña estación de trenes muestra imágenes de la vendimia en sus azulejos blancos y azules. Desde aquí, y para sumergirse aún más en el paisaje —y el paisanaje— se puede remontar el río desde el muelle de Folgosa do Douro hasta el corazón del Alto Douro, a bordo de un barco vinatero tradicional de fondo plano o viajar —aún más— al pasado de la vinicultura en un circuito guiado, con cata incluida, en el Museo do Vinho de Quinta Nova.

            

En el tramo central del Douro las antiguas bodegas se han transformado en alojamientos rurales de lujo. Se trata de quintas tradicionales, algunas con varios siglos de antigüedad, enclavadas en fincas de varias hectáreas y complementadas con piscinas rodeadas de silencio y viñedos. Paseos, catas de vino, gastronomía e incluso saunas integradas en antiguas barricas de vino completan una oferta de alto standing que se extiende hasta Peso da Régua, la ciudad ribereña que, en el siglo XVIII se convirtió en un importante centro de almacenamiento y distribución de vino. Su Museu do Douro, junto al río presenta todas las facetas de esta tierra vinícola, incluyendo las clásicas barcazas de transporte de fondo. Desde el muelle se puede acceder por barco hasta Pinhao en aproximadamente  una hora, y revivir los caminos del río, los que se usaban antes para el transporte. Un poco más al sur se encuentra Lamego. Cuentan las leyendas populares que unos monjes de esta localidad desvelaron a los ingleses el secreto de añadir aguardiente al vino para detener su fermentación, “envejecerlo” en menos tiempo y hacerlo aún más dulce. El cómo los padres dieron con la receta no ha trascendido para la historia.

A aproximadamente tres horas de Peso da Régua se encuentra ya Oporto, el puerto, en la desembocadura. En él, la vida parece haberse detenido en la Ribeira, el barrio de pescadores con sus barecitos entoldados en la margen derecha del río. Al otro lado, en Vilanova de Gaia, se encuentra el feudo tradicional de la industria vinícola. Allí, las grandes firman inglesas, como Taylor´s, Graham´s y Calem, que llevan desde el siglo XVIII comercializando el caldo con el nombre de la ciudad, abren sus instalaciones a los turistas en visitas guiadas, catas y tiendas de diseño. Para entonces, cuando hayamos llegado al Atlántico, junto al río, al final de su recorrido, rodeadas de naturaleza y de viñedos, no sé si el vino se nos habrá subido a la cabeza; lo que si será cierto es que el lugar donde nace se nos habrá instalado en el corazón.

Descubre uno de los valles más bonitos del planeta regado por el Duero y por sus vinos
en nuestro próximo viaje gastronómico al norte de Portugal.

¡¡Oporto gastronómico, No te lo puedes perder!!