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El Odio es Letal. 21 de marzo, Día Internacional contra la Discriminación Racial

Hace ya 47 años desde que la Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó el 21 de marzo Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial, conmemorando que ese día, en 1960, la policía abrió fuego en una manifestación pacífica contra las leyes de pases del Apartheid que se realizaba en Sharpeville, Sudáfrica, causando 69 víctimas mortales y 186 heridos. La ONU instaba así a la comunidad internacional a redoblar sus esfuerzos para eliminar todas las formas de discriminación racial, apelando anualmente a nuestra responsabilidad colectiva de promover y proteger los ideales de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, cuyo primer artículo afirma que «todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos».

La intolerancia, sin ningún género de dudas, es hoy por hoy el mayor desafío al que la Humanidad debe hacer frente en el siglo XXI. Desgraciadamente, somos testigos diariamente de innumerables sucesos de intolerancia, graves acciones realizadas por quienes adoptan actitudes o comportamientos que denigran, violan o vulneran la dignidad humana y los derechos fundamentales de las personas, acompañando sus acciones con sentimientos de desprecio, discriminación y fanatismo contra el diferente. Acciones, habitualmente violentas, que socavan la convivencia, los principios democráticos y suponen una amenaza para la paz mundial, por cuanto ensalzan como valor la propia identidad de quien ejerce una falsa superioridad contra la propia identidad de los demás, al amparo de unos fundamentos ideológicos basados en prejuicios o sentimientos que excluyen, rechazan o conciben como inferior a quien es diferente.

La discriminación racial es una de las expresiones más crueles de la intolerancia, que implica manifestaciones ligadas al odio, la marginación, la segregación y la violencia contra personas y colectivos. Actitudes que son crímenes de odio, porque son aquellos que más deshumanizan, porque quienes los cometen consideran que sus víctimas carecen de valor humano a causa de su color de piel, origen étnico, lengua, religión, convicciones ideológico-políticas, orientación sexual, discapacidad u otra condición social. Así, el rechazo generalizado a lo diferente, la heterofobia, se manifiesta concretamente en el racismo, la xenofobia, el antisemitismo, la islamofobia, el sexismo y la homofobia, el fanatismo ideológico… La verdad, estamos rodeados de actitudes que, aun siendo algunas minoritarias, indudablemente tienen capacidad para romper la convivencia, sembrar el miedo y generar un clima de alarma social, haciéndonos partícipes de una nueva y cada vez más instaurada cultura del odio, que aceptamos por desconocimiento.

Hoy es el día en que todas las ONGs nos van a llenar las noticias de casos y ejemplos de victimas del odio racial. Nos llevaremos las manos a la cabeza pensando y, lo más probable, es que expresemos nuestra incredulidad… Probemos a hacer un ejercicio de responsabilidad y seamos sinceros… ¿Acaso nunca pensaste -o escuchaste asintiendo en silencio- que “los inmigrantes nos invaden, nos quitan nuestros puestos de trabajo, nos hacen competencia desleal, se benefician de nuestros servicios sociales…”? ¿Acaso nunca dijiste -u oíste convirtiéndote en cómplice mudo- “si le han hecho eso, por algo será; ellos (por cuantos son diferentes) han traído la violencia y la delincuencia al barrio, son responsables de que haya inseguridad, porque no respetan y no se adaptan”? Como decía antes, lamentablemente estamos rodeados de intolerantes que nos han hecho creer que su argumentario de actuación está basado en afirmaciones reales, cuando no son más que prejuicios o generalizaciones defectuosas e inflexibles, que puede conducir desde la difamación de personas y colectivos hasta su exterminio. No debemos olvidar que la dinámica del odio es letal, así nos lo demuestra la Historia.

En ese mismo ejercicio de responsabilidad, ¿cuántos hemos escuchado voces de defensa que expliquen que los inmigrantes aceptan los trabajos más precarios, duros y con más elevada tasa de explotación; que son quienes están inmersos en mecanismos que fabricamos para que sean ellos quienes alimenten la economía sumergida que evita que paguemos más impuestos; que son ellos quienes tienen esa ingente capacidad de sacrificio de abandonar por completo su vida para labrarse un futuro mejor en otro país; que son ellos también quienes pagan impuestos y, por tanto, tienen los mismos derechos sociales -aún “sin papeles”, pues forman parte de la sociedad de consumo y pagan, como todos, sus impuestos indirectos-? No seamos cínicos, una cosa son los prejuicios y otra la realidad. Hasta desplantes les hacemos con nuestros propios hijos en los colegios… “Ellos son los que traen los piojos, porque están sucios”, “ellos trafican con droga”, “ellos van armados con navajas”… Ellos, siempre ellos. ¿Dónde nos quedamos nosotros siendo parte de esta sociedad que permitimos que esa violencia -física, psicológica, moral-, que es excluyente y discriminatoria, tenga entre sus mejores aliados a la indiferencia social y a la impunidad legal?

Nuestra sociedad, esta que está globalizada y que gira en torno a manipulados criterios que recibimos sin ningún tipo de oposición, alimenta la cultura del odio, amparada en el miedo a ser potencial afectado, en la escasa solidaridad con las víctimas, en la falta de memoria por las tragedias ya vividas y en la débil respuesta institucional, que permite que las consecuencias de esta discriminación racial tan evidente y lamentable convivan con el permanente y demoledor hostigamiento, dejando finalmente un cuadro dramático de difícil reparación.

La ONU apela a nuestra responsabilidad colectiva para erradicar esta lacra que viola los derechos fundamentales de las personas, reduciendo a la mínima expresión su dignidad. Acciones discriminatorias que pueden tener efectos inmediatos y a largo plazo en las víctimas y en la sociedad. Nuestro Código Civil persigue y sanciona la violencia y el racismo, en todas sus expresiones. Nos aporta los elementos necesarios para la persecución y sanción de unos delitos que deben ser reprobados por la sociedad en todos los órdenes, pero resulta llamativa la escasa solidaridad con que desafiamos estas actitudes y, más aún, la manifiesta impunidad legal con que se cometen. Hay que mojarse para acabar con esto. No basta con recordarlo con un Día Internacional, es necesario actuar en contra, por nuestro bien, por el bien de todos. Por eso, ante cualquier actitud o comportamiento que pueda ser considerado como delito por odio es indispensable interponer la correspondiente denuncia, indicando testigos, agresores y delito cometido. Si se es víctima de una agresión, lo primero, acudir a un centro sanitario a levantar un parte de lesiones, que se aportará posteriormente en la denuncia. No hay que facilitar la dirección del domicilio particular, para evitar amenazas, por lo que basta con indicar una dirección a efectos de notificaciones. Es recomendable acudir a un centro de salud mental, para valorar también consecuencias psicológicas del hecho vivido.

La mejor forma de actuar para defender los derechos fundamentales de todas las personas: primero, que ninguna agresión quede sin denuncia. Y segundo, sembrar tolerancia por doquier, extendiendo los principios y valores de respeto, aceptación y aprecio a la diversidad de culturas de nuestro mundo, a todas sus formas de expresión, con una actitud de apertura, dialogante, comunicativa y enarbolando la bandera de la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión, sabiendo que nuestra libertad siempre termina donde empieza la del que tenemos enfrente. Tenemos que armonizar entre todos la diferencia y es un deber moral -y una exigencia política y jurídica- difundir entre nuestra sociedad que la tolerancia es la virtud que hace posible la paz.

Elisa Pavón

By | 2018-03-28T10:16:31+00:00 marzo 21st, 2013|Blog, FOW Solidaria|0 Comments