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Día Mundial de los Refugiados: Con la vida en una maleta

La historia siempre se repite. Me vienen a la mente imágenes de éxodos en distintas épocas y países, pero en todas ellas los rostros denotan miedo, incredulidad e inmensa tristeza, heridas que el alma en ese momento alberga pero no procesa. Y todas esas personas abandonan sus hogares y dejan atrás sus vidas salvando recuerdos, documentos y objetos básicos personales que atesoran con el corazón encogido de melancolía y dolores inconmensurables. Huyen con la vida en una maleta.

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Cada 20 de junio se celebra el Día Internacional del Refugiado.

Cada día hay personas que se ven abocadas a desplazarse por la fuerza para escapar de guerras, persecuciones o amenazas a su integridad física, ya sea por motivos políticos, religiosos, económicos o raciales. Cada minuto, 8 personas en el mundo lo dejan todo para elegir entre algo malo o algo aún peor. Casi 45,5 millones de personas son desplazados forzosos en el mundo y, de ellos, 36 millones son refugiados.

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Un homenaje a todos los desaparecidos por los desplazamientos forzosos. (Foto de Elisa Pavón)

Hoy es el Día Mundial de los Refugiados y, como siempre, trato de alejarme de las frías estadísticas que no me aportan más que datos que llenan escasos minutos en unos informativos que pasan absolutamente desapercibidos. A mí, una vez más, sólo me interesa el factor humano de esta tragedia de la cual tengo la suerte de ser testigo, porque puedo poner mi pluma a su servicio para tratar de que se les vea.

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La lacra del narcotráfico en México hace que miles de personas se conviertan en desplazadas.            (Foto de Elisa Pavón)

Este año he vuelto a México y he conocido a personas que me explicaban con palabras rotas de dolor cómo han tenido que huir de sus hogares para zafarse de un futuro más que incierto a manos de una enrevesada tela de araña que ampara al narcotráfico. Historias, a cuál más desgarradora, me pillaron desprevenida, pues resulta inexplicable cómo un país como México ha sido capaz de alcanzar semejante grado de violencia en poco más de 6 años, con más de medio millón de desplazados que tratan por todos los medios de poner a salvo sus vidas y las de sus familias. Marisol Fragoso, que escapó de noche con una bolsa raída con cuatro cosas y su documentación, apretaba la mano de su hija de 13 años a la que querían «fichar» para un prostíbulo regentado y administrado por afines al «narco». Su marido y sus dos hijos varones, que trabajaban en un taller mecánico propiedad de la familia, habían sido secuestrados 15 días antes a punta de metralleta, a plena luz del día, mientras reparaban un coche. En Michoacán los desaparecidos no vuelven. Los restos de cenizas, restos óseos y objetos metálicos atestiguan ejecuciones viles de las que la incineración se encarga de no dejar huella identificable. Ella y su hija engordan las estadísticas de lo que su propio gobierno llama «daños colaterales» de la guerra del narco, de la que no está exenta ningún mexicano a día de hoy. Sola en mitad de La Tierra, asustada y desamparada, con el dolor de una pérdida no asumida y la impotencia de una decisión obligada que no le devolverá la seguridad de ver a su familia reunida. Sólo dice «no hay justicia, únicamente hay miedo».

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Los saharauis llevan desde 1975 reclamando una tierra que les pertenece. Hoy son 156.000 almas las que se consumen, esperando volver a sus casas.(Foto de Joaquin Tornero)

Sagma Mohamed es refugiada saharaui. Paso horas con ella y con tantos más hablando de sueños en su tierra, ocupada por Marruecos desde 1975. Un Sahara Occidental que es territorio pendiente de descolonización por España, que era nuestra provincia número 53 y que los saharauis ansían libre mientras, según cifras de la ONU, 156.000 almas se consumen en el desierto más inhóspito del mundo, al suroeste de Argelia, en Tindouf. Sus hogares hace ya 39 años son tiendas de tela que llaman jaimas y habitaciones de adobe, que construyen a mano sin herramienta adecuada ni material de mínima calidad. Subsisten, como todos los refugiados, exclusivamente de una ayuda humanitaria que el propio Secretario General de la ONU, Ban Ki-moon, reconoce que apenas cubre las necesidades de 90.000 personas, atenuado por las 35.000 raciones alimentarias que proporciona anualmente el Programa Mundial de Alimentos (PMA). Esta ayuda humanitaria, reconoce Ban Ki-moon, apenas alcanza para el 60% de la población saharaui refugiada, aunque se optimiza de manera modélica en una autogestión sin parangón, que se basa en repartos equitativos entre todos los saharauis.

Como en el caso de los refugiados saharauis, los dramas humanitarios de refugiados y desplazados se propagan como una plaga por este mundo, que se me antoja sembrado de codicia, cobardía, egoísmo y ambiciosos intereses económicos que mueven los hilos políticos con los que se aplastan voluntades y se arruinan vidas. En realidad, dime de qué me sirve decirte que las crisis actuales en Sudán del Sur, República Centroafricana y región del Sahel causan hoy por hoy la mayor crisis de refugiados y desplazados de la historia en África, o escribirte en paredes manchadas de sangre que la guerra de Siria ha generado en 3 años 2,6 millones de refugiados y 6,5 millones de desplazados, de los cuales 5,5 millones son niños… Pues, en realidad, me vale de lo mismo que decirte que más de 50% de los refugiados del mundo son niños con problemas de malnutrición aguda. De nada. No me sirve de nada por lo mismo que comentaba antes, porque no dejan de ser estadísticas, tan frías como demoledoras, que causan un impacto pasajero sin provocar una reacción práctica.

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En el desierto de Tindouf, miles de refugiados sobreviven dentro de jaimas o casas de adobe construidas con sus propias manos. (Foto de Joaquín Tornero)

 

Lo que pasa  es que en esta situación viven 36 millones de personas en el mundo, en todos los continentes, y trato de transmitir que en La Tierra somos 7.000 millones de personas y que estos treinta y seis millones, que sufren de manera desproporcionada la injusticia más visceral, no tienen futuro sin nuestra solidaridad. Unas madres que se ocupan de sus hijos y de otros niños a quienes la guerra dejó huérfanos, que hacen milagros a diario para multiplicar la ayuda que reciben y se devanan los sesos en angustias intentando encontrar explicaciones a su situación y un horizonte que augure oportunidades de futuro a esos menores, que recuperan la sonrisa en tierras prestadas y crecen al arrullo de nanas de esperanza y con la cabeza apoyada en aquella maleta que alberga el pasado de su familia, siempre listo para la vuelta a casa.

Recuérdales poniéndote por un momento en su piel. Ellos también tenían vidas felices, familias unidas, trabajo, casas, alegrías y penas. Vida, al fin y al cabo. De la noche a la mañana, el destino les condenó a otra de incertidumbre y sombras, donde los conflictos se alargan y el olvido internacional les abandona a su suerte en territorios ajenos, sin patria y con banderas plegadas. Eternas esperas en campamentos de refugiados que siempre se revisten de provisionalidad, en los que el tiempo se para y la realidad es de otra dimensión. Lo que hay es lo que llega y su esperanza, la que entre todos quedamos darles. Y querer es poder.

By | 2018-03-28T09:55:15+00:00 junio 20th, 2014|Blog, FOW Solidaria|2 Comments