Cesky Krumlov, corazón de Bohemia

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Cesky Krumlov, corazón de Bohemia

En un fragmento de sus memorias, el poeta checo Jaroslav Seifert contaba como, en una clase de dibujo, su profesor les propuso una naturaleza muerta. Mientras sus compañeros se prestaban a plasmar la belleza de “manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas”, él trajo su propio bodegón, muy proletario y representantivo de su barrio: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento.

El profesor reaccionó con agresividad ante semejante idea y el frustrado dibujante se decidió por abandonar la pintura y dedicarse a escribir versos.

Vista de la torre_castillo Cesky Krumlov

Castillo de Cesky Krumlov. Fotografía © Alexander Haupt y Carmen Polo Malo

No puedo elegir una imagen mejor que esta, al rememorar mis días viajando sola por la República Checa. Una buena cerveza negra y sopa de cebollas dentro de una hogaza de pan negro, con trozos de deliciosa y grasienta salchicha flotando dentro.

El poeta Seifert mereció ser Premio Nobel en 1984. Ferviente defensor de las libertades y de los derechos humanos, fue criticado y perseguido por su gobierno, que tan pronto le consideraba artista nacional como no le permitía publicar su obra.

Es un ejemplo de cómo el pueblo checo se ha convertido en un pueblo escéptico, desconfiado. Invadido por alemanes, rusos… comunista, estalinista, socialista… han pasado por tantos avatares que parece extraño que puedan seguir manteniendo su identidad. Hoy en día se niegan a entrar en el euro, aunque su capital, Praga, casi maneje más euros que coronas, dada la masificación turística de europeos de la zona euro, otra invasión más que, lamentablemente, sí ha conseguido cambiar lo que era la Praga de Seifert, de la que llegó a decir que condensaba “toda la belleza del mundo”.

Bueno, yo me permitiré, desde la humildad más humilde, contradecirle. La ciudad tantas veces proclamada de Kafka solo muestra una parte de la belleza de este país, de su sensualidad, su refinamiento, su alegría, su energía creativa. De la luz que su gente desprende. Y eso incluye la oscuridad que también hay en la belleza. No os olvidéis de Kafka.

La Praga del siglo XXI no es la misma que hacia los años 80 del pasado siglo, cuando todavía respondía a esa mítica idea de lo bohemio. Sigue siendo una ciudad preciosa… pero sabedora de su potencial turístico y, sí, masificada. La República Checa es mucho más que Praga. Y esa esencia bohemia que encontraban los que la visitaban en aquellos años “fríos”, cuando aún no se había transformado en un destino de masas, se puede sentir al adentrarse más en el país.

El viajero curioso disfrutará al conducir por las serpentenates carreteras checas de un sinfín de, por decirlo con los lugares comunes que os martillearán al entrar en cualquiera de los multiples posts sobre este país, rincones embriagadores, fascinantes, misteriosos.

De todos ellos, os cuento hoy algo sobre Cesky Krumlov, en el sur de Bohemia, a menos de dos horas de Praga.

¿Por qué fui? Me llevó la música. “Die Moldau”. Smetana cuenta una preciosa historia de amor en este poema sinfónico. Pero esa historia… os la contaré otro día.

Siguiendo el curso del río más largo de la República Checa y alejándome de Praga, paré en el meandro que forman sus aguas abrazando Cesky Krumlov, envolviéndola en sus sinuosas curvas. Una ciudad que es en sí misma un monumento histórico.

Ay. No me queda más remedio que recurrir a esos lugares comunes: romántica ciudad, pintorescos edificios, un lugar de cuento… he de asumir que no hallo mejor definición para que os podáis imaginar mi sensación incluso antes de cruzar la arcada de Budejovice, única puerta que permanece en pie de las nueve que en su día tuvo Bohmish Krumau (uno de los varios nombres con el que han bautizado a la ciudad). Tomas aire, sabes que lo que te espera es eso: un lugar encantador, el escenario perfecto para cualquier cuento. Por lo que os he descrito hasta ahora, podríais pensar que es una “segunda Praga”, pero nada que ver, y sobre todo lejos de la masificación turística, pese a merecerla. ¿Cuántas ciudades conocéis que sean, casi al completo, Patrimonio Histórico de la Humanidad? 300 edificios de su casco antiguo a los que pertenece este honor concedido por la UNESCO. El primero, cómo no, el castillo. Se levanta sobre la ciudad dominándola con su espectacular torre, presencia ineludible. El mundo aristocrático parece convivir en armonía total con el pueblo llano. El mismo pueblo protagonista de los versos de Jan Neruda, otro intelectual checo, al que quiso honrar Neftalí Reyes, también poeta del pueblo.

El abigarrado entramado de sus calles me daba la bienvenida entre fondas medievales, palacios renacentistas, fachadas barrocas… y todo dentro de una sorprendente intimidad, acompañada únicamente por lo que parecían sus propios vecinos. Esperaba encontrarme con multitud de grupos turísticos, parejas paseando por sus románticas callejuelas… pero nada más lejos de la realidad. Disfruté casi en soledad de la mágica iluminación que envuelve al castillo en cuanto anochece. Oyendo mis propios pasos sobre el brillante empedrado.

Llegué antes del atardecer. Busqué una pensión económica, que resultó ser además de lo más romántica: te traían el desayuno a la cama. La razón es más prosaica: no tenían espacio para montar una sala donde los hospedados pudieran desayunar.
Mecida por esta intimidad salí a pasear antes de que cayera el sol tras la línea del horizonte. Esa luz me permitió hacer algunas de las mejores fotos que conservo de mi viaje.

Huevo de Pascua - Cesky Krumlov

Fotografía © Alexander Haupt y Carmen Polo Malo

Y el click no cesaba. No puedes dar un paso sin pararte a contemplar las innumerables fachadas decoradas, los productos artesanales en pequeñas tiendas semiescondidas, nada presuntuosas. Hay que entrar en sus tabernas, probar una cerveza, y otra, y otra… Cada recoveco te brinda una oportunidad para darle al botoncito, y acumular así cientos de imágenes que no consiguen plasmar la esencia de su bohemia.

Por la mañana, después de disfrutar de un delicioso -y muy económico- desayuno en la cama, me uní a un grupo para conocer los entresijos del castillo. La fortificación que ya había visitado de noche me mostraba a la luz del día su cara más suave, más palaciega. Sin embargo, nada más cruzar el pasaje principal, casi se me corta el aliento por el frío que recorría sus salas. El guía nos avisó, mientras se colocaba primorosamente su gorra y sus guantes, dedo a dedo. Nunca he iniciado tan rápido una amistad efímera como en aquel grupo, unos pegados a otros intentando mantener el poco calor que nuestros ateridos cuerpos producían. Sin embargo, no podía desear que se acabara la ruta, con un guía que unía lo mejor de un profesor de historia y un actor de teatro, conduciéndonos sin engolamientos por las suntuosas habitaciones del castillo. Para no alargarme demasiado, además de que podéis encontrar esta información en cualquier página web, solo quiero imponeros que no os perdáis nada en el salón de baile, un guiño a esa alegría del pueblo checo, que pese a todo lo pasado, sigue identificándoles; también imprescindible la visita al teatro barroco, a poder ser, con una representación sobre su auditorio giratorio único en Europa. No faltarán ocasiones. ¿Ya os había dicho que me trajo hasta aquí una sinfonía, un río y unos versos?

Carmen Polo

By | 2018-03-28T10:17:40+00:00 marzo 19th, 2013|Blog, Viajar sola con FOW a|6 Comments