8 de diciembre o como Dios volvió a convertirse en mujer

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8 de diciembre o como Dios volvió a convertirse en mujer

El día 8 de diciembre se celebra en España, como festividad nacional, un dogma católico: el de la Inmaculada Concepción. Si sorprende una festividad impulsada por la Iglesia en un país laíco, más aún debería sorprender un significado al que quizá nunca hayamos prestado demasiada atención. La fiesta no commemora a la madre de Jesucristo, realmente, sino una de sus características, la que la distingue y la eleva por encima del resto de los mortales: su concepción sin mácula, libre de pecado.

Este dogma, debatido hasta la saciedad desde tiempo inmemorial, es admitido sin ningún cuestionamiento por parte del Estado Español. No debe confundirse con la virginidad de María -que tampoco admite cuestionamiento- la Inmaculada Concepción es el reconocimiento de la magnitud adquirida por la Virgen de María, que deja de funcionar como mera madre de su hijo, santificada a través de él, para pasar a adquirir, junto a él, un rasgo de semidiosa o diosa. Reconocer en la virgen las mismas cualidades que se le suponen a su hijo significa entronizarla, conferirle cierta divinidad. María no es una mujer cualquiera, escogida al azar; es una mujer predestinada a ser la Madre de Dios. Es, por tanto, una Diosa.

¿Una Diosa? Pues sí, efectivamente. El dogma mantiene que María nació sin pecado original, a diferencia de los demás seres humanos. No alcanzó la divinidad gracias a su hijo, la tenía de serie. Atentando contra el principio de la unicidad de Dios, que ya dinamitaría el dogma de la Trinidad, el panteón católico pasa así a asemejarse al griego al sumerio, al egipcio… La Virgen pasa a recolocarse junto al Padre y al Hijo en una triada que resulta familiar en varias religiones, y su culto, por primera vez en un par de milenios, recupera de una manera tímida, abriéndose paso ante el hegemónico patriarcado, ante los dioses masculinos de nuestra cultura occidental, el ancestral culto a la Diosa.

El dogma de la inmaculada concepción confiere una divinidad per se a la virgen María, elevándola a la categoría de Diosa, una figura que había desaparecido del judeocristianismo ferozmente patriarcal.

La proclamación de este dogma, como tal, es bastante reciente. Fue en 1854, cuando el Papa Pio IX lo reconoció. Sin embargo, el debate sobre su trasfondo es muy antiguo. Santo Tomás no estaba de acuerdo, al igual que el cisma protestante. Curiosamente, en España, tanto monarcas como órdenes religiosas han sido feroces defensores de este rasgo que eleva a la virgen María a la categoría de diosa. Desde el del cristianismo, y los primeros reyes visigodos, ha mostrado una ferviente fe a María Inmaculada. El Rey Wamba en el siglo VII se denominaba a sí mismo su defensor. María sin mácula, es decir María DiosaMaría Inmaculada ha sido fiesta de guardar en todo el imperio español y proclamada Patrona de España desde 1644, mucho antes de que se proclamara el dogma por la Iglesia.

¿Era la iglesia consciente de que estaba elevando a María a la categoría de Diosa, desafiando el heteropatriarcado judeocristiano? Es más, ¿podría María haber sido Diosa, haber sido concebida sin pecado, si su propia madre no tuviera un rango celestial? Quizá en España influyeran las antiguas religiones celtas. La Santa Ana de la Biblia se asemeja peligrosamente a la Danu o Dana celta, madre de El Buen Dios. En la Antigüedad ya existían diosas paganas con el nombre de Ana ya el pueblo sumerio adoraba a la diosa Anna en su templo Eanna, “Casa del Cielo”, los caldeos llamaban Ana al espíritu que regía el cielo, en la India Annapurna puede traducirse como “Diosa de las Cosechas”, para los celtas Danna era la diosa de la fertilidad, de la abundancia, y diosa protectora del pueblo, la dama de los dólmenes, y la madre de todos los dioses. Los relatos populares la consideran como reina de las hadas, de los enanos o korrigans, a cuyo cuidado estaban confiadas enormes riquezas subterráneas. La consideraban, en resumen, la gran regidora de un inframundo misterioso, una anciana que podía ser terrible o bienhechora, hechicera, conocedora de los misterios de la creación de la vida. La diosa madre pasó a llamarse, tras la cristianización, Santa Ana, la madre de la Virgen María, mateniendo su antiguo prestigio como diosa de la fertilidad, y protectora.

Si hacemos un recorrido por la historia de las religiones, no hay nada nuevo, El cristianismo recogió y compiló, en un ejercicio de inteligencia y estrategia diplomática, las advocaciones y los cultos a otros dioses. Las vírgenes negras con su hijo en brazos son sospechosos calcos de la imagen de Isis amamantando al suyo. LA resurrección de Jesucristo al tercer día es un remedo de la de Osiris. El disco solar egipcio se convirtió en el aura dorada sobre la cabeza de los santos…

El cristianismo convirtió en culto a la Virgen el antiguo culto a otras diosas paganas

El cristianismo convirtió en culto a la Virgen el antiguo culto a otras diosas paganas

Todas las tradiciones anteriores al judaísmo, del que deriva el cristianismo, contemplaban lo femenino como fuente de vida y origen de lo celestial. Así, pues, en este ejercicio de sincrestismo y bajo el auspicio de este dogma, María, la virgen sustituyó a las Grandes Madres Primigenias, las diosas de la antigüedad a las que rendían culto los pueblos de las primeras civilizaciones. Su madre, Santa Ana, se convistió así en la madre de la madre, volviendo así al viejo culto cosmogónico a lo femenino como fuerza creadora y dadora de vida. Dios, podríamos decir, pese a los múltiples ropajes con los que se le ha ido vistiendo, en realidad nació mujer.

By | 2018-03-27T16:48:53+00:00 diciembre 8th, 2016|Actualidad femenina, Blog, Mujeres importantes en la historia|Sin comentarios